Dos Cuentos Taoístas sobre la Muerte

La muerte ha intrigado y consternado al ser humano desde los albores de nuestra especie. La muerte es siempre causa de aflicción, porque es percibida como una alteración en el curso normal de las cosas. Sin embargo, nada hay más natural que la muerte. La muerte es lo único seguro que hay en nuestra existencia; el verdadero accidente es la vida. De las millones de posibilidades de no haber nacido, sólo había una de que lo hiciéramos; de todos los factores que tenían que conjugarse para provocar nuestro nacimiento, se han dado todos.

Queremos compartir aquí un par de cuentos taoístas sobre la muerte, procedentes del Zhuāngzǐ 莊子 (Chuang Tzu).

 

La muerte de una anciana:

Una anciana murió; su hijo Meng no lloró. Guardó luto, pero no dio muestras de tristeza o consternación. Algunos le criticaban, creyendo que nunca había querido a su madre, y acudieron a Zhuāngzǐ para expresarle su punto de vista.

Zhuāngzǐ respondió: “Meng posee un entendimiento profundo; sabe qué es aquello que desconoce. Sabe que no conoce el misterio de la vida y la muerte. Y en ese conocimiento de lo que no sabe, permanece contento. Permite que la vida se despliegue sin intentar entenderla o controlarla.” La gente estaba atónita, así que Zhuāngzǐ continúo: “Todos estamos inmersos en un constante proceso de cambio. Pero no podemos predecir los resultados de ese proceso, ni entender cómo ocurre. La madre de Meng ha cambiado de la vida a la muerte, pero sus emociones permanecen sin cambio. Así, él está en calma, y nada puede borrar la sonrisa de su mente.”

Zhuāngzǐ concluyó: “Juzgar a los demás no es tan bueno como reírse; reírse no es tan bueno como aceptar las cosas tal y como son. Aceptad a Meng como es, tal y como él acepta la muerte de su madre.”

El taoísmo busca la armonía del hombre con la naturaleza, con el curso natural de las cosas. Entiende que la esencia de la existencia es el cambio, que nada permanece, y que la felicidad se basa en la capacidad de fluir con los cambios, de aceptarlos sin oponerse a ellos. En el primer cuento, Meng ha aceptado la muerte como algo natural y necesario, y ello le permite estar agradecido por la vida que les ha sido dada a él y a su madre.

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Sentimientos sobre la muerte:

Un joven y un anciano estaban de viaje. De repente, un tumor apareció en el brazo del hombre mayor. El viejo estaba sorprendido. Mirando de cerca el tumor, proclamó: “Esto es signo de una enfermedad fatal que consume mi cuerpo. Moriré pronto.”

“¿Estás resentido por tu inminente muerte?”, preguntó el hombre joven. El anciano respondió: “No tengo razón para el resentimiento. Para vivir, tomamos prestada la energía de la vida. La muerte ocurre cuando el préstamo se retira. Así que, en vez de entristecerme por la muerte, estoy agradecido por cada momento de vida”.

“¿Te asusta tu muerte?”, preguntó de nuevo el joven. El viejo respondió: “No tengo razones para sentir miedo. El nacimiento es un proceso de cambio, y la muerte otro. Lidié con el nacimiento de forma bastante adecuada, así que lidiaré con la muerte de la misma manera”.

La espiritualidad oriental considera la muerte como un cambio más en la vida. El sabio taoísta ha trascendido la dualidad del nacimiento y la muerte y está libre de apegos. Así, enfrenta la muerte con ecuanimidad. La vida es un préstamo, un milagro, un afortunado accidente por el que podemos estar agradecidos.

En Occidente vivimos como si lo fuéramos a hacer para siempre; en ese sentido, negamos la muerte y, cuando ésta se produce, se convierte en un acontecimiento traumático. El que vive teniendo presente su muerte lo hace como si cada día fuese el último. Cada nuevo amanecer es un regalo. Así, otorga importancia a lo que de verdad importa y prescinde de lo superfluo. De manera que cuando enfrenta la muerte, lo hace con tranquilidad y sin lamentaciones.

 

 

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